Francisco Núñez Solapa era estudiante de Profesorado de Historia. Tenía 13 años y ya estaba por recibirse: un prodigio. Vivía en el barrio Pocitos, con su madre y un estudiante de Medicina que había instalado una carpa en su jardín delantero. Todas las mañanas, antes de partir hacia el IPA, Francisco leía los tres tomos de El Capital. Era casi un rito para él. En general, al empezar el segundo tomo, se fumaba un caño.
Una mañana, Francisco se levantó y notó que caían soretes de punta.
–Hoy no vayas –dijo la madre–. Podés lastimarte. Te lo digo en serio.
Francisco pensó que su progenitora tenía razón. Sin embargo, decidió que no era bueno faltar a clase. Además, tenía un parcial de Epistemología. De modo que, al terminar su compromiso marxista, tomó su paraguas y se fue, no sin antes darle un beso a su lagartito de peluche y cantar Raindrops keep falling on my head frente al espejo.
Cuando llegó a la entrada del IPA, se encontró con José Carlos Álvarez de Ron, quien dijo estar aguardando a José Sacristán. Y Francisco se asombró:
–¿José Sacristán estudia acá?
–Sí –respondió el periodista–. Estudia Italiano.
Pero, si bien Francisco pensó en el placer que sería conocer personalmente al famoso actor, optó por ingresar al instituto y buscar a alguno de sus compañeros. Al entrar, se cruzó con una muchacha de unos veinte años que vestía un disfraz de Homero Simpson y mascaba chicle de frambuesa. Era verdaderamente hermosa. Francisco se aproximó a ella y le dijo:
–Hola. ¿Te querés arreglar conmigo?
Ella respondió con un gesto obsceno. El joven, desilusionado, se alejó edificio adentro.
Una vez dentro de su salón, se le ocurrió la brillante idea de bajar a la cantina a comprar un ojito. Pero, cuando llegó al mostrador, descubrió que había olvidado su billetera. Entonces, introdujo dos de los dedos de su mano derecha en su nariz y extrajo un pequeño moco.
–¿Qué me das por este moquito? –preguntó a quien atendía.
Pero ignoraron su propuesta. «Me discriminan porque soy muy chico», pensó Francisco.
En ese instante, vio a una de sus compañeras de clase. Ésta le preguntó si tenía ganas de jugar al truco. Él dijo que sí, pero que sólo mientras no llegara la profesora de Epistemología. De manera que se sentaron en la escalera y jugaron tres partidos. Francisco ganó todos 40 a 0. Después del tercer partido, ella se incorporó y dijo:
–Yo sé que vos hacés trampa, así que no te hagás el buen jugador porque te cago a palos.
Francisco levantó las cejas y, con cara de artesano que busca un lápiz debajo de un sofá importado de Alemania, prometió nueve cosas: que nunca más se haría el buen jugador frente a una dama; que no volvería a escuchar el tema Mujer amante de Rata Blanca; que, desde entonces, compraría Últimas Noticias todos los días; que jamás volvería a hablar mal de Gene Hackman; que dejaría de tomar cocaína los domingos; que iría a misa, siempre y cuando le permitieran dirigirse a Dios imitando la voz del pato Lucas; que conseguiría las Obras completas de José Enrique Rodó traducidas al polaco; que se haría hincha de Banfield; y que se presentaría a un casting para hacer de foca en una documental de Discovery.
Cuando terminó de enumerar sus promesas, su compañera ya se había esfumado. Entonces, Francisco se levantó y se encaminó hacia el baño. Al entrar, quedó inmóvil frente a la pared. Leyó una inscripción que rezaba: «¡Comunistas de mierda, fuera de Chechenia!». Más abajo, una respuesta anónima que decía: «¡Ignorante! Rusia dejó de ser comunista en la Segunda Guerra». Y otra más abajo: «¡Bolches y anarcos: dejen de rayar las paredes!». Francisco orinó, se lavó las manos y salió al corredor, donde Aldo Silva y Liv Tyler bailaban un vals de Chavela Vargas. Pero esto no llamó la atención de Francisco, quien dos días antes había visto, en el mismo lugar, a Gonzalo Aguirre y Paola Krum bailando un ska de Rancid.
–Suertudo el Aldo Silva, ¿eh? –le dijo de pronto un muchacho con una remera de Romina Yan.
Francisco no hizo caso al comentario y se alejó en dirección al salón.
La profesora ya había entrado. Francisco ingresó, pidió disculpas y tomó un manojo de hojas de escrito. En menos de media hora, escribió cerca de sesenta hojas. Entregó el trabajo a la profesora, que ya se había acostumbrado a la genialidad de aquel niño, y salió al corredor. Encendió un cigarrillo y, de pronto, se dio cuenta de que, en la página 94, había escrito «Bagdad» con minúscula. Lógicamente, se puso a llorar. Un profesor de Álgebra se acercó y le habló:
–Llorar no sirve de nada, amor mío. La vida es una carrera de galgos.
Francisco lo miró y escupió sobre su rostro.
–¡A mí nadie me habla así! –le gritó.
Y el humillado docente se retiró, murmurando algo sobre el analfabetismo en Guatemala.
Unos diez minutos más tarde, Francisco miró su reloj y sacó un cuaderno de su mochila. Con mirada abstraída, se inspiró y comenzó a escribir un poema:
En las noches de luna,
cuando el cielo es diamante,
me transformo en la tuna
que te pincha el semblante.
Y, aunque Dios es el surco
que ha dejado el destino,
nunca olvides que un turco
no es lo mismo que un chino.
Luego de componer el octavo verso, Francisco decidió irse a su casa. Al salir, se percató de que ya no caían soretes de punta sino de costado. Se cubrió con su paraguas y retornó a su hogar, donde su madre lo esperaba con un delicioso pastel de carne y un vaso de licuado de morrón. Comió el pastel, bebió el licuado y se echó sobre su cama. Durante unos cinco minutos, se dedicó a observar el techo de su dormitorio, en el cual descubrió una pequeña mancha de humedad que le hizo reflexionar sobre la posibilidad de emigrar a la Patagonia. No obstante, enseguida descartó la ocurrencia. Entonces, encendió la radio, sintonizó Galaxia y abrió uno de sus libros predilectos: El poder y la gloria, de Graham Greene. Quince minutos más tarde, lo había terminado. Entonces, tomó el Martín Fierro y lo leyó. Después, leyó los Versos sencillos de Martí, El origen de la familia de Engels, la Crónica de una muerte anunciada de García Márquez, el Antiguo Testamento y un diccionario de sinónimos. A las nueve de la noche, se durmió.
A la mañana siguiente, se fumó un porro mientras leía El Capital. Rió muchísimo, sobre todo al llegar a la parte en que el autor hace referencia a la visión de Adam Smith sobre el valor de cambio.
–¿Es gracioso ese alemán? –preguntó su madre.
Pero Francisco no respondió. Siguió leyendo, hasta terminar el tercer tomo. Entonces, tomó su mochila y salió a la calle, no sin antes darle un beso a su lagartito de peluche y cantar Raindrops keep falling on my head frente al espejo.
Cuando llegó al IPA, vio en la puerta a una muchacha disfrazada de Nostradamus que mascaba chicle de cereza. Era verdaderamente hermosa. Así que se aproximó a ella y le dijo:
–Hola. Sos muy linda. ¿Cómo te llamás?
–Daniela –respondió la muchacha, que en realidad se llamaba Gertrudis.
–¿Cuántos años tenés? –interrogó Francisco.
Pero la chica no contestó. Así que Francisco se alejó edificio adentro.
Gertrudis se quedó en la puerta de entrada, esperando a su novio Gastón. Ella estudiaba Idioma Español en el IPA y él estudiaba Ingeniería en la Universidad Católica. Ella tenía veintidós años y él tenía veintiséis. A ella le gustaba pescar y a él le gustaban las películas de Pino Solanas. Ella vivía con sus padres y él vivía de la recolección de frutos silvestres.
Cuando llegó Gastón, Gertrudis se sacudió la cabellera y le dio un beso en la frente. Él quiso besarla en la boca, pero ella se negó:
–Cada cosa a su momento. Recién llevamos once meses de noviazgo.
Gastón refunfuñó y se desabrochó la camisa.
La madre de Gertrudis estaba esperándolos.
–Sabía que vendrían más temprano –dijo.
–¿Y cómo sabías? –preguntó la muchacha.
–Intuición femenina –explicó la señora.
Gertrudis fue a su dormitorio, se sacó el disfraz de Nostradamus y se puso un equipo deportivo. Luego, volvió al comedor. Y los tres se sentaron a la mesa, con la firme intención de tomar mate amargo y charlar sobre las nuevas medidas del SUNCA y las primeras repercusiones de la versión chilena de El acorazado Potemkin. Pero, al final, sólo hablaron sobre las nuevas medidas de Valeria Mazza y las primeras repercusiones de la versión peruana de Bajos instintos.
Al día siguiente, Gertrudis amaneció engripada. Y tenía cerca de 45° de fiebre. No obstante, como buena estudiante que era, se levantó y marchó hacia el IPA. En el camino, se encontró con una de sus mejores amigas: Agustina Suárez. Se saludaron amistosamente.
–Me enteré –dijo Agustina– de que publicaste un ensayo sobre la influencia de Piaget en la narrativa española de posguerra.
–Sí –respondió Gertrudis–. Pero ningún crítico le puso más de dos estrellitas.
–Bueno, no importa –la consoló Agustina–. Ya el mundo escuchará tu clamor profético. Quedate tranquila.
Y se despidieron con un apretón de hombros.
Agustina era una muchacha normal. Había abandonado el liceo cuando estaba en cuarto año. Sus padres se habían divorciado cuando ella no era nacida. Su madre se fue de la casa, dejando a su ex marido solo en espera de la bebé. Cuando Agustina nació, su padre tuvo que echarse el mundo al hombro y jugar el papel de madre. Le dio de mamar hasta los cinco años. Fue entonces que hizo aparición una mujer que cambiaría la vida de la niña: Ramona. Ésta se casó con el papá de Agustina, convirtiéndose en íntima amiga de la pequeña. Pero, cuando Agustina tenía ocho años, Ramona murió decapitada por un gladiador romano en la esquina de Colonia y Germán Barbato. Este terrible suceso constituyó un duro golpe para Agustina, quien sufrió un prolongado trauma psicológico. Durante años, tuvo pesadillas en las que se le aparecía la imagen de Ramona siendo vilmente asesinada por Russell Crowe. Esta asociación irracional fue atribuida a dos factores: la depresión que atravesaba la niña y la permisividad del padre en lo referente al cine de Hollywood. Pero, finalmente, al llegar a la adolescencia, la niña logró superar las secuelas de aquella experiencia maldita.
Ahora, con veinte años de edad, Agustina se hallaba camino al videoclub. Su padre le había pedido La insoportable levedad del ser. Como no la encontró, alquiló una que creyó semejante: ¡Querida, encogí a los niños!.
Cuando llegó a su casa y mostró la película a su padre, éste se enfureció tanto que salió al jardín y arrancó de raíz un helecho que había sido plantado por su bisabuelo.
–¡Esto pasa por tu estupidez! –gritó– ¡Que no se repita o me la agarro con el aloe!
Agustina prefirió callar. Sabía que a su padre no le gustaba que la gente respondiera a sus sobresaltos. Además, tenía miedo de que, como cuando perdió la cédula de identidad, la obligara a comerse una sandía entera y tomarse medio litro de vino.
Así fue que Agustina optó por salir de pachanga, para distraerse un poco. Pero eran las tres de la tarde de un miércoles de agosto, por lo que no había mucha cosa para hacer. Entonces, decidió que simplemente daría un paseo por la zona.
Punta Gorda es un barrio hermoso. Siempre lo fue. Todos los jardines tienen un césped bien cuidado, y la suave brisa que llega desde la rambla hace que el peatón se sienta como si estuviera en Saigón el día de la retirada de los soldados yanquis. En fin, es maravilloso. Pero, ese día, tal hermosura había tomado forma de porquería: las calles estaban cubiertas de residuos pestilentes, las paredes y los techos de las casas habían adquirido un color grisáceo tirando a marrón, la brisa que llegaba desde la rambla hacía que los peatones se sintieran como si estuvieran en Nagasaki al día siguiente de la bomba atómica, y la gente estaba con una antipatía parecida a la de un vegetariano que hace cola en la carnicería.
De modo que Agustina bajó a la playa y se sentó sobre la arena, dispuesta a dejar volar su imaginación. Pensó en un futuro ideal. Se imaginó con cuarenta años de edad, casada con un magnate de la industria automotriz, yendo todos los sábados a cenar a lo de su amiga Marcela Tinayre, y ordenando su colección de quince mil discos de jazz. En determinado momento, se le borró esa imagen, apareciéndosele una mucho más probable y verosímil: con cuarenta años de edad pero con cutis de octogenaria, casada con un proxeneta frustrado, yendo todos los sábados a visitar a su hijo a la cárcel, y combatiendo en vano su colección de garrapatas.
Tenía la obligación de echarse a llorar. ¿Quién podría evadir la angustia ante tamaña premonición? Sacó un pañuelo de su bolsillo y se sonó. En ese instante, oyó una voz masculina a sus espaldas:
–¿Qué te pasa, flaca?
Agustina se volvió bruscamente. Era un hombre de unos treinta años, con cara de yonofuí. Traía puesto un collar hecho con arvejas y un brazalete con una inscripción en árabe arcaico. Agustina se refregó toscamente los ojos, avergonzada.
–Nada me pasa –dijo finalmente.
El hombre quedó mirándola, hasta que reintentó:
–Me llamo Octavio. Podés confiar en mí. No soy un pervertido.
Al terminar la oración, Octavio sonrió forzadamente, dejando ver así su diente de oro. Por un momento, Agustina pensó en cagarlo a trompadas y afanárselo, pero recapacitó a tiempo.
Sin rodeos, Agustina le aclaró:
–No me importa si sos un degenerado o no. Mis problemas son personales. Así que arrancá por la punta y no me vengas a chamuyar.
Octavio, boquiabierto, retrocedió lentamente y volvió a su casa de Rivera y Hernani.
Su hermano estaba esperándolo.
–¿Dónde carajo estabas, Octa? –le inquirió– Te estábamos achicando para arrancar a ensayar.
Octavio se disculpó y, no sin antes comer una mandarina, se sentó a la batería y empezó a probar el redoblante y los tones.
El ensayo terminó cerca de las ocho. Entonces, Octavio agarró la mochila y salió corriendo. Tenía que llegar en hora a Pedagogía. Él también era estudiante del IPA. Cursaba primer año de Química.
Cuando llegó, en la entrada se encontró con José Carlos Álvarez de Ron, quien dijo estar aguardando a Imanol Arias. Y Octavio se asombró:
–¿Imanol Arias estudia acá?
–Sí –respondió el periodista–. Estudia Social y Cívica.
Pero, si bien Octavio pensó en el placer que sería conocer personalmente al famoso actor, optó por ingresar al instituto y buscar a alguno de sus compañeros. Al entrar, vio a un tipo disfrazado de bombero. Más adelante, vio a varios tipos disfrazados de bomberos. Todos parecían venir del segundo piso. De modo que Octavio se encaminó hacia allí.
¡Y vaya sorpresa! En el pasillo del segundo piso, yacían los cuerpos de mil trescientos estudiantes.
–¿Pasó algo? –le preguntó a una chica que pasaba.
–No –contestó ella–. Sólo explotó una bomba.
–Ah... –suspiró Octavio.
De todas formas, prefirió irse. Como se habían suspendido las clases, se aseguró de que tenía unos morlacos y se dirigió al bar más próximo.
A trompada limpia salieron los dos veteranos. Octavio justo entraba y se ligó un bife. Se sentó en una mesa y dijo:
–Puta madre.
Cuando el mozo se acercó, le pidió una caña y una porción de pascualina. Mientras esperaba, sacó su agenda y anotó: «Viernes 22, Tabaré Cardozo en La Trastienda».
La caña, en realidad, tenía cierto gustito a querosén; y la pascualina sabía un poco a pastel de manzana. Pero Octavio no protestó. Y, mientras se limpiaba la boca con una servilleta, pensó en lo saludable de la gimnasia aeróbica y en cuánto le habría gustado conocer personalmente a Rosa Luxemburgo.
Javier Zubillaga © 2002