YO QUERÍA SER ABANDERADO

¡Vaya problema psicológico el generado por no poder portar el pabellón nacional en sexto de escuela! ¡Ni siquiera la bandera de Artigas o la de los Treinta y Tres! De hecho, a esta altura, me conformaría con haber sido noveno escolta de la bandera de Cerro en el Tróccoli.

Ser abanderado a los once o doce años equivale a ser Presidente de la República a los cuarenta. Sin embargo, reconozco que hoy no miro a nuestro primer mandatario como miraba entonces a aquella primera abanderada de mi escuela. Agustina se llamaba. Recuerdo que siempre llevaba puesto un broche de Rainbow Brite en el pelo. Pero lo que más me gustaba era mirarle las piernas. Yo me hacía la cabeza. La deseaba. Nunca me había animado a encararla. Yo moría de ganas de decirle que la amaba, que quería casarme con ella, tener hijos con ella, mirar Los Simpson con ella, jugar al doctor con ella, subirme al Gusano Loco con ella, pasar la Noche de la Nostalgia con ella en un motel, ir a La Pasiva con ella y salir corriendo sin pagar, cantar una chamarrita de Numa Moraes con ella, comer matambre a la leche con ella, armar el arbolito de Navidad con ella, viajar a París y subir la escalera de la Torre Eiffel con ella, ir al baño de Tres Cruces sin ella, elegir un regalo para el cumpleaños de mi madre con ella, cursar materias de Veterinaria con ella y recibirme con ella y decirle «¿Te dije que te quiero, cuchicuchi?» y hacerle caricias en los omóplatos y besarle el cuello y pasarle el peine fino cuando tuviera piojos y pasarle una barra de azufre cuando estuviera contracturada y pasarle protector solar en la playa y llamarla por teléfono al laburo para decirle otra vez «¿Te dije que te quiero, cuchicuchi?» y escribirle un poema tipo el Poema 15 de Neruda pero no recitárselo como Juan Pablo II sino como Julián Weich y componerle una canción tipo Óleo de mujer con sombrero de Silvio Rodríguez pero cantársela como Enrique Iglesias (el economista) y dejarle una esquelita en la heladera que dijera «¿Te dije que te quiero, cuchicuchi?» y contarle que me echaron del laburo por tocarle el culo a la secretaria del jefe y encima sentirme orgulloso y pedirle perdón y ver su circunstancial cara de idiota y preguntarle «¿Te dije que te quiero, cuchicuchi?» y cenar perdices para que todo siga bien y rascarme el higo leyendo Patoruzito y vivir el resto de nuestras vidas como dos uruguayos casi felices y finalmente decirle por última vez «¿Te dije que te quiero, cuchicuchi?» y morirnos al mismo tiempo en un orgasmo cósmico en el que Dios sería nuestro cómplice y su voluntad el jamón del medio de un sánguche carnal sempiterno y sublime.

Pero Agustina tenía novio. Germán se llamaba, pero no recuerdo su segundo nombre. Creo que era Hoctavio u otro nombre con hache. ¿Cómo era? ¿Hignacio? No. Bueno, no importa. El asunto es que todo el mundo lo llamaba Esteban, que era su segundo nombre. El pibe –lo admito– era pintún. En esa época, ser pintún era tener cara de Hernán Caire. Y él tenía esa cara, o al menos ponía esa cara y le salía bien. Yo, en cambio, tenía cara de nabo. En esa época, la cara de nabo aún no contaba con el prestigio actual. Tener cara de nabo implicaba la no aceptación por parte de la comunidad femenina. O sea que yo no tenía ninguna posibilidad de conquistar a Agustina. Por más que ganara el Gordo de Fin de Año o me llamaran para jugar en la selección, ella no iba a darme ni un piquito. ¿Para que entusiasmarme, entonces, con la idea de que me diera un chupón o me dejara inspeccionar su entrepierna? Difícil para Sagitario y todos los signos.

De modo que decidí concentrarme nuevamente en mis ansias de ser abanderado, y fui a hablar con la directora. «Tengo excelentes notas y merezco ser abanderado», le dije. Pero la jerarca me miró con cara de aspirante a inspectora y me respondió: «¿A vos te parece, Gerardo, que con veinticinco pirulos podés ser abanderado?». Es cierto. Yo había repetido algunos añitos, pero ahora tenía muy buenas calificaciones y ningún reglamento establecía que la edad fuera un impedimento. Y se lo dije. Como ella respondió otra vez que no, yo la mandé a cagar y me fui a mi casa. Al llegar, me hice un refuerzo de mortadela y pensé: «¡Que se metan la bandera en el culo (con asta y todo)!».

Javier Zubillaga © 2007


WELCOME TO THE PRISON

Mi primer día en cana. Los presos del sector me recibieron con aplausos. Todos me conocían. Sabían de mis hazañas. Eso me permitió contar de entrada con el respeto unánime de chorros, violadores y asesinos.

Sin embargo, yo no era ni chorro ni violador ni asesino. Bueno, para ser franco, una vez le había robado unas monedas a mi madre. Pero yo estaba ahí por otra razón: era el nuevo director del complejo carcelario.

Javier Zubillaga © 2007

SOMBRERO

Ayer me compré un sombrero. Me encantan los sombreros. Siempre me encantaron los sombreros. Lo que me gusta de los sombreros es que podés usarlos o no. Ponele que te comprás un sombrero, como yo, y no tenés ganas de usar el sombrero: agarrás y no usás el sombrero. Pero ponele que te comprás un sombrero, como yo, y sí tenés ganas de usar el sombrero: agarrás y usás el sombrero.

Por eso están buenos los sombreros. No son como las cosas que no son sombreros. Son diferentes. Los sombreros tienen una forma particular y una función distinta a la del resto de las cosas.

Y sí, como decía, si me compré un sombrero, es porque me gustan los sombreros. No me salió particularmente caro, sino caro a secas. Y sí, hay una diferencia entre un sombrero particularmente caro y un sombrero caro a secas. Cuestan lo mismo, pero son distintos. Uno tiene un precio mayor al del otro, pero el otro no. Ése es el lado matemático de los sombreros. Y eso que los sombreros no tienen nada de matemáticos. Los sombreros son más bien una cuestión sentimental, como el amor. Pero el amor es otra cosa. No se parece en nada a un sombrero. Los sombreros son sombreros y el amor es el amor. Se cae de maduro y nadie lo recoge.

Pero insisto: me compré un sombrero y la única razón que tuve para comprarme un sombrero fue el hecho de que me fascinan los sombreros, sean sombreros grandes o sombreros chicos. No es que me dé lo mismo, porque un sombrero grande y un sombrero chico son dos cosas muy diferentes. Son iguales desde todo punto de vista, excepto el del tamaño. Y el tamaño de dos cosas de diferente tamaño, en general, te permite discernir entre una de ellas y la otra. Incluso cuando hablamos de sombreros. Por eso decidí comprarme un sombrero sin tamaño.

–Quiero un sombrero sin tamaño, por favor –le dije al vendedor. Recuerdo que éste me miró con cara de asombro. Aunque no sé bien cuál es la diferencia entre una cara de asombro y una cara de no asombro. Pero el tema es que esa persona puso una cara como la primera que mencioné y me preguntó:

–¿Está seguro?

–Por supuesto –respondí yo.

Cuando salí de la tienda, me puse el sombrero.

–¿Y ese sombrero? –me preguntó un transeúnte con sombrero.

–Este sombrero me lo compré –contesté.

Al llegar a casa, mi esposa me recibió con sombrero puesto.

–¡Yo también tengo sombrero! –le dije.

–Ya veo que tenés sombrero –dijo ella.

Desde ayer que no me saco el sombrero. Me encantan los sombreros. Por eso me compré este sombrero y por eso todavía tengo puesto el sombrero. Pero estoy aburriendo con lo del sombrero. ¿De qué otra cosa podemos hablar que no sea de un sombrero? Difícil, che. Si se te ocurre algo que no sea un sombrero, chapeau.

Javier Zubillaga © 2007


EL DESATORADOR

Al salir de la cama, Franco Atilio pisó un señor sorete. Su perro Diderot se lo había dejado de regalo durante la noche.

–¡La puta madre! –gritó Franco Atilio. Hacía como tres años que vivían juntos y era la primera vez que Diderot no esperaba la salida matutina para hacer popó.

Franco Atilio llenó el bidet de agua y metió la pata. El olor era fortísimo. Olor a mierda, claro. Y aquello no salía ni con cepillo de alambre. Parecía que sus poros, en un santiamén, hubieran sido impregnados para siempre con aquel excremento áspero pero poco espeso que Diderot había tenido el tupé de garcar.

De pronto, mientras se rascaba las patas con una esponja, Franco Atilio recordó lo que su compañero Asdrúbal le había dicho el día anterior:

–Nada más falso que eso de que pisar mierda te da buena suerte.

Franco Atilio trabajaba como desatorador. Gargantúa SRL se llamaba la empresa para la que laburaba. Esta empresa ofrecía un servicio muy interesante: asistir a personas que se hallaban en situación de atoramiento gutural. Por ejemplo, ese día anterior, a Franco Atilio le había tocado asistir a una estudiante de arquitectura que se había atorado con una empanada de carne. Él, como el resto del personal, conocía las mejores técnicas para desatorar al cliente. Sabía, por ejemplo, que nunca hay que golpearlo en la espalda, porque se le puede quebrar la columna. Por el contrario, una de las técnicas más usadas consiste en acariciarle la nuca con guantes de goma y, al mismo tiempo, cantarle al oído una canción de Sui Generis. Si no, otra opción es colocar las manos del atorado sobre una mesa firme y darle golpecitos en las rodillas con un rallador de queso. Además de ésas, que son las más utilizadas, existen otras veinte técnicas de desatoramiento, que Franco Atilio dominaba con la experiencia que dan quince años de trabajo.

La mierda por fin salió, pero el hedor no disminuía. Franco Atilio salió del baño con un palillo en la nariz. Lo primero que hizo fue agarrar a Diderot y sodomizarlo.

–¡Tomá, hijo de puta! –le gritaba. Al acabar, el perro se tiró un pedo.

–¿Te parece gracioso? –preguntó Franco Atilio. Pero no hubo respuesta. Diderot se ocultó bajo la cama y su amo no hizo nada por sacarlo de ahí. Ya eran las 7:20. Tenía que irse enseguida o su jefe iba a mandarlo a desatorar leones al zoológico.

Al llegar a la oficina de Gargantúa, saludó a sus compañeros y al jefe. Éste lo miró y afirmó:

–Vos te cagaste.

–¡No! –exclamó Franco Atilio– Fue mi perro, que me cagó en el cuarto.

–Sí, claro –dijo el patrón–. Y yo soy la Cicciolina.

–Bueno –dijo Franco Atilio, resignado. Y agregó:– ¿Qué hay para hoy, che?

–Mirá –contestó Julio María Tanguinessi, uno de sus compañeros–. Por lo que estuve viendo, hoy viene jodido el asunto. Viste que los viernes son mansos. Bueno. A eso agregale que hoy hay paro de los funcionarios de la salud privada.

–¡Uh! –exclamó Franco Atilio, agarrándose la cabeza– ¡Estamos en el horno!

–No –intervino Luis Alberto Lalleca, otro compañero–. Si estuviéramos en el horno, estaríamos muriéndonos de calor. ¡Jajaja!

Franco Atilio y el resto lo miraron con cara de culo hasta que Luis Alberto Lalleca dejó de reír. Entonces, Julio María Tanguinessi le dijo:

–Si no nos pedís disculpas por ese chiste espantoso, llamo a tu jermu y le cuento cómo desatoraste a Julia Moller la semana pasada.

Pero justo sonó el teléfono. Atendió Franco Atilio.

–Gargantúa SRL... Sí... No, señora. Es equivocado... En serio, señora. Nosotros no vendemos cotillón. Esto es una empresa desatoradora... No pasa nada, señora... Hasta luego.

Pero, antes de que Luis Alberto Lalleca pudiera responder a la amenaza de Julio María Tanguinessi, el teléfono volvió a sonar y Franco Atilio volvió a atender.

–Gargantúa SRL... Sí... Ah, sí. ¿Cuál es la dirección?... Enseguida vamos para allá.

Al cortar, Franco Atilio se guardó la anotación en el bolsillo y dijo:

–¡Vamos, muchachos! ¡Hay laburo!

–¿Qué es? –preguntó Tabaré Vasco, otro de sus compañeros.

–Es un adolescente –contestó Franco Atilio–. Parece que se le metió la tuca del porro en la garganta. ¡Vamos!

Subieron a la camioneta, prendieron la sirena y partieron a toda velocidad.

Era una casa con living, comedor, cocina, baño, tres dormitorios, un sótano y un patio interno con algún helecho y una especie de anacahuita africana de hojas azules. La vivienda había sido diseñada a comienzos del siglo XX por el primer arquitecto uruguayo especializado en casas con living, comedor, cocina, baño, tres dormitorios, un sótano y un patio interno con algún helecho y una especie de anacahuita africana de hojas azules.

La novia del joven atorado estaba esperándolos en la puerta con el celular en la mano y cara de «si no llegaban en un minuto, llamaba al 911». Al pasar, Franco Atilio la miró con cara de «llamá nomás y vas a ver que no viene ni Mr. Músculo».

El muchacho estaba tirado en una cama. Al parecer, ya estaba muerto. No obstante, Franco Atilio y sus compañeros recordaron el Juramento Hipocrítico (cuyo texto indica que los desatoradores «se verán obligados a darle bolilla a la víctima aun cuando ésta tuviere aspecto de fiambre») y comenzaron a aplicarle la «técnica sobacal», que consiste en colocar un huevo duro con cáscara debajo de la axila izquierda del atorado y dejarlo así hasta que reviva y escupa el elemento atorador.

–¡¿Qué le están haciendo?! –gritó la novia, llorando– ¡Déjenme ayudarlos!

Tabaré Vasco dio vuelta la cabeza y le dijo:

–Podés empezar por bajar la música, que me está matando.

–¡Pero es la Bersuit! –exclamó ella.

En ese momento, el atorado tosió y se rascó el cuello. Los cinco desatoradores presentes lo miraron sin decir nada, hasta que Luis Alberto Lalleca comentó:

–Me encanta cómo queda ese arreglo de batería. Con la entrada de los vientos, queda especial...

Franco Atilio, más concentrado en su trabajo, afirmó:

–Para mí que este flaco está vivo. Los muertos no tosen ni se rascan. Lo aprendí en El mundo de Beakman.

A todo esto, la novia del pibe se había ido al baño, aduciendo que tenía que despedir a un amigo del interior; y Julio María Tanguinessi le había preguntado si le parecía un buen momento para cagar; y ella había respondido que no, pero que peor iba a ser si se quedaba ahí y se le empezaba a rajar el orto.

Haciendo caso a su sospecha, Franco Atilio le dio un sacudón al muchacho y éste se levantó asustado:

–¡¿Qué pasó?! ¡¿Quién fue?! ¡¿Dónde está el piloto?!

Todos lo miraron en silencio (el disco había terminado y lo único que se oía era el chapoteo del inodoro). Luego de unos segundos, Franco Atilio rompió el hielo.

–¡¿Qué hiciste, pelotudo?! –exclamó Luis Alberto Lalleca– ¡Lo rompiste!

–Perdón... –contestó Franco Atilio, agachando la cabeza– Después compro más.

–¿Y ustedes quiénes son? –interrumpió el joven.

Franco Atilio le mostró el logo de su camisa y respondió:

–Gargantúa, desatoraciones a domicilio.

Y, luego de unos terceros, preguntó:

–¿Y la tuca?

–¿Qué tuca? –respondió el flaco.

–Mirá, sodomita –dijo Franco Atilio–. No sé si te estás haciendo el boludo o qué, pero a nosotros no nos hagás perder tiempo al dope. Vinimos acá en respuesta a una llamada de tu novia, que decía que te habías tragado la tuca del faso.

–¿Novia? –preguntó el joven, confundido– ¿Qué novia?

–La que se fue al ñoba mientras vos te morías –intervino Julio María Tanguinessi.

–¡Yo vivo solo! –gritó el muchacho, mientras salía corriendo con dirección al tocador– ¡Y no tengo novia! ¡¿De qué mierda me hablan?!

Al abrir la puerta del baño, el pibe descubrió a la muchacha sentada en el inodoro.

–¡¿Y vos quién sos?! –gritó de golpe, mientras ella se tapaba el pubis con la vieja Moñita Azul que estaba leyendo– ¡Te vas ya mismo de mi casa!

–Pero mi amor… –balbuceó ella mientras se subía la calza.

–¡Mi amor las bolas! –gritó él, señalándole la puerta de salida.

La muchacha salió llorando. Mientras tanto, los desatoradores se habían sentado en el sofá del living. Luis Alberto Lalleca había prendido la tele, y estaban mirando una entrevista a Beatriz Argimón en Bien despiertos.

–…y yo sé lo que es abortar y no contar con un Estado que te respalde –explicaba la diputada–. Lo sé porque me lo contó una conocida.

–¡Rescatate con una checha! –le gritó Franco Atilio al ex atorado, que los miraba desde un rincón, atónito.

–¡Ahí va! –se sumó Julio María Tanguinessi– ¡Portate bien con la barra!

El joven no daba crédito a la situación. Caminó hacia la cocina y, desde allí, llamó por teléfono a su mamá. No atendió nadie. Su madre había muerto hacía varios meses y él lo había olvidado. Por un momento, pensó en abrir la panera y cortarse las venas con un porteño que le había quedado del día anterior; pero tuvo suficiente lucidez para darse cuenta de que eso sería caer muy bajo.

Calmándose, sacó de su bolsillo un paquete de Hortelã, se metió un par de pastillas en la boca y se dirigió de regreso al living. Aunque estaba más tranquilo, iba firmemente decidido a sacarlos a patadas de su casa. Cuando entró al living, no había nadie. Se habían ido, dejando la tele prendida, en la que ya no se veía a Beatriz Argimón, sino a Christian Font presentando una nota sobre los efectos nocivos de la cebolla en la vida cotidiana de los integrantes de la Comisión Directiva de DAECPU.

«¿Por qué se habrán ido así?», se preguntó el ex atorado. Pero el muchacho ignoraba la realidad de los desatoradores; no sabía que, para ellos, siempre hay un desafío nuevo a la vuelta de la esquina, un atorado más en esta ciudad de desmedidos comensales.

Javier Zubillaga © 2007

CONFUSIÓN

–Y fijate en la de calles.

–¿En la de calles? ¿Qué querés decir?

–No sé. Vos sabrás.

–¿Yo sabré qué?

–Nada. Vos sabrás cómo buscarlo.

–¿Cómo buscar qué?

–¡La información que necesitás!

–¿Qué información?

–¿Vos estás borracho? ¿Te volviste loco?

–Sos vos la loca, mamá. Yo estoy acá, tranqui, comiendo un refuerzo, y vos me venís con no sé qué carajo de la guía de calles.

–Ah. Puede ser que me haya confundido. Es que sos tan parecido a tu padre...


Javier Zubillaga © 2007

ALFAJOR DESPUÉS DEL AMOR

Cuando Fanny y yo acabamos, lo primero que hago es prenderme un alfajor. Recomendación del doctor. «Un alfajor es mucho más sano que un cigarrillo», me dijo.

Pero a Fanny no le gusta que yo fume alfajores. Portezuelo fumo. Son más suaves que el resto. Pero igual: ella dice que lo que le molesta es la baranda a dulce de leche que queda impregnada hasta en las sábanas. También le molesta que haga ceritos con el chocolate derretido. Siempre se enoja y me grita: «¡Parece que estuvieras babeando mierda!». Capaz que tiene razón. Pero no sé si podré quitarme la costumbre de fumarme un alfajorcito luego del coito. En fin. Ya veremos.


Javier Zubillaga © 2007

DIALÉCTICA PURA

El doctor Guillermo Radiador tenía cabello rubio y se había especializado en dermatología en la Universidad de Chamizo. Su tesis de graduación, titulada «Enfoque macroeconómico sobre las políticas sanitarias del gobierno dictatorial bengalí», constituye ya un hito en la historia de la ciencia nacional moderna.

Ahora, con 46 años de edad, a dos años de cumplir 48 y siete de cumplir 53, Guillermo conversaba con su esposa Marisa sobre la posibilidad de abandonar su carrera de médico. Él hablaba despacio, como si corriera el riesgo de que las palabras adquirieran un significado que él no quería darles.

–Estoy cansado de mi trabajo, Marisa. ¡Mucho herpes y poca satisfacción! Quiero dedicarle más tiempo a mi familia, divertirme, garchar abundante, ser feliz. Me arrepiento. Yo tendría que haber estudiado otra cosa.

–¿Y qué ibas a estudiar? –preguntó ella.

–No sé. Ingeniería, diseño industrial o alguna estupidez así.

–Pero no, mi vida. No podés hacer las cosas a los ponchazos. Si querés retirarte, hacelo. Pero no olvides que los años no te dan para jubilarte.

–¡¿Y eso a quién le importa?! –gritó Guillermo, ofuscado– ¡Tengo como cien lucas en el banco y me venís con eso! ¡Andá a hacerte dar por un búfalo, turra!

–¡¿Pero por qué me tratás así?! ¡Yo quiero lo mejor para vos!

–¿Ah, sí? Si querés lo mejor para mí, ¿por qué carajo te encamás con tu jefe? –inquirió Guillermo.

–¡Ah, pero te volviste loco! ¡¿Yo con Osvaldo?! Por favor, querido, dejate de boludeces. Si yo me acostara con él, no llegaría a casa como llego todos los días: pidiéndote que me partas al medio.

Guillermo se levantó de la silla, miró a Marisa a los ojos y dijo:

–No tolero que hables de esa manera, con tanta grosería. Yo no te parto al medio. Te hago el amor.

–Eufemismos... –dijo Marisa.

–¡Eufemismos las pelotas! –exclamó Guillermo, sentándose de nuevo.

–Dale, querido. Las cosas hay que llamarlas por su nombre –explicó ella–. Si yo te la chupo, no voy a andar diciendo que te exprimí el alma o algo así.

–En realidad, no vas a andar diciendo nada –dijo él, con seriedad–. Dicho sea de paso, jamás me la chupaste. Mucho «Partime al medio», pero de mamarla ni hablamos. ¿Viste que sos cruel, Marisa?

La esposa del médico se paró, caminó hacia el ropero, lo abrió, tomó una blusa de algodón y, señalándola, preguntó:

–¿Esto te parece un pasamontañas?

–No –respondió Guillermo.

–Entonces, querido... ¿De qué me hablás?

De pronto, irrumpió en la sala el mayor de sus dos hijos, Rolando. Vestía un disfraz de torero, lo cual le daba un aire de torero. Rascándose la frente, dijo:

–Esta noche, hay un baile en lo de Carola, la novia de Wáshington, el vendedor de indulgencias. ¿Puedo ir?

–No sé si lo notaste –dijo el doctor–, pero tu madre y yo estábamos hablando. De cualquier forma, no podés ir. Mañana, tenés que estar a las cuatro de la matina en el dentista.

–¡Dale, no seas hijo de puta! –exclamó el niño.

–¡A tu padre no le faltás el respeto! –gritó Guillermo– Pendejo malcriado... Todavía que te compro un Family Game, me insultás. ¿Quién te creés que sos?

Rolando se fue, cabizbajo, llorando y recitando un poema de Rabindranath Tagore. Al quedarse sola con su marido, Marisa preguntó:

–¿Por qué lo tratás mal? Me parece que fue Deepak Chopra el que dijo que la violencia es perjudicial. Tendrías que leer algo de eso. Te haría bien.

–¿Sabés qué me haría bien? –dijo Guillermo, en voz baja.

–¿Qué? –preguntó, con curiosidad, Marisa.

–Que me dejaras vivir. Pará de hincharme los huevos. ¿Te pensás que yo voy a tragarme esos libros de mierda que leés? No seas ilusa. Yo soy manya y tengo aguante.

Marisa frunció el ceño y, tajante, dijo:

–Nuestro matrimonio es un fracaso. No nos entendemos. Estamos hablando de nuestros hijos y me salís con el fútbol...

–Es dialéctica pura –dijo Guillermo–. Dialéctica pura.

–Tengo la sensación de que la medicina te dejó medio piruchi –dijo ella–. Estás enfermo. Y quiero que nos separemos.

El médico posó su mirada en un escarabajo que atravesaba la sala y, con calma, dijo:

–Bajá la pelota al piso, Marisa. El mundo no es como vos querés. Dios maneja los hilos de esta vida y nosotros nos la tragamos doblada.

Marisa se levantó, iracunda, y exclamó las primeras tres palabras que se le pasaron por la mente:

–¡Garrafa, mausoleo, sectarismo!

Él la miró con expresión de trompetista gay y ella se sonrojó.

–Perdón –susurró–. No quise decir eso.

–Pero lo dijiste.

–Sí, disculpame. Debe ser la droga. Me pega para cualquier lado. Voy a tener que hacerme atender por un psiquiatra.

–Ya te dije –aclaró Guillermo–: hacete dar por un búfalo. Te va a hacer bien.

–Te ruego que la cortes con eso –pidió Marisa–. No me simpatizan los búfalos. Lo mejor que puedo hacer ahora es ir a preparar unas empanadas.

Guillermo, distendido, sonrió y dijo:

–De acuerdo, pero que sean de palta.

–No –dijo ella–. Me quedan mejores las de placenta de venado.

Él se acercó a ella y la abrazó.

–Como vos quieras, mi amor. Si querés, en la cocina seguimos charlando sobre qué voy a hacer con mi carrera.

–No –dijo ella–. Ese asunto ya está resuelto. Vos seguís laburando, y no se discuta más.

–Bueno, pero tenemos que festejar mi retiro.

–Si a vos eso te parece coherente con lo que dije un par de renglones más arriba. De última, las empanadas van a venir al pelo –afirmó ella.

–Eh... –balbuceó Guillermo–. Yo pensaba en que nos echáramos uno.

–¿Un qué? –preguntó Marisa.

–Ya sabés –explicó él–. No te hagas la tontita.

Ella entornó los párpados y, dirigiéndole a su esposo una macabra mirada de bebé de pecho, dijo:

–Mmm... Me parece que tenés oscuras intenciones. ¿Puede ser?

–Bueno –dijo él–. Llamalo como quieras. Pero hagámoslo.

Guillermo acarició el cabello de Marisa, pero ésta exclamó:

–¡¿Pero qué hacés, degenerado?!

Guillermo dio cinco pasos hacia atrás, tres hacia la derecha, uno hacia delante y dos hacia la izquierda, y quedó observándola, absorto. Ella se precipitó hacia el ropero, de donde extrajo una percha de la que colgaba un pantalón de pana. Enseñó la prenda a su marido y preguntó:

–¿Esto te parece una bombacha?

–No –contestó él.

–Entonces, querido... ¿De qué me hablás?

–¿De qué me hablás vos, Marisa? Estás muy rara últimamente. ¿Qué te pasa? ¿Querés menstruar y no te sale?

Ella estaba erizada como John Wayne después del escándalo Watergate. Él, por el contrario, estaba erizado como una persona cualquiera. Al final, ambos arribaron a un acuerdo: el divorcio.

–Pero me llevo el exprimidor y el Trivial –había dicho Guillermo.


Javier Zubillaga © 2005

FORMACIÓN DOCENTE

Francisco Núñez Solapa era estudiante de Profesorado de Historia. Tenía 13 años y ya estaba por recibirse: un prodigio. Vivía en el barrio Pocitos, con su madre y un estudiante de Medicina que había instalado una carpa en su jardín delantero. Todas las mañanas, antes de partir hacia el IPA, Francisco leía los tres tomos de El Capital. Era casi un rito para él. En general, al empezar el segundo tomo, se fumaba un caño.

Una mañana, Francisco se levantó y notó que caían soretes de punta.

–Hoy no vayas –dijo la madre–. Podés lastimarte. Te lo digo en serio.

Francisco pensó que su progenitora tenía razón. Sin embargo, decidió que no era bueno faltar a clase. Además, tenía un parcial de Epistemología. De modo que, al terminar su compromiso marxista, tomó su paraguas y se fue, no sin antes darle un beso a su lagartito de peluche y cantar Raindrops keep falling on my head frente al espejo.

Cuando llegó a la entrada del IPA, se encontró con José Carlos Álvarez de Ron, quien dijo estar aguardando a José Sacristán. Y Francisco se asombró:

–¿José Sacristán estudia acá?

–Sí –respondió el periodista–. Estudia Italiano.

Pero, si bien Francisco pensó en el placer que sería conocer personalmente al famoso actor, optó por ingresar al instituto y buscar a alguno de sus compañeros. Al entrar, se cruzó con una muchacha de unos veinte años que vestía un disfraz de Homero Simpson y mascaba chicle de frambuesa. Era verdaderamente hermosa. Francisco se aproximó a ella y le dijo:

–Hola. ¿Te querés arreglar conmigo?

Ella respondió con un gesto obsceno. El joven, desilusionado, se alejó edificio adentro.

Una vez dentro de su salón, se le ocurrió la brillante idea de bajar a la cantina a comprar un ojito. Pero, cuando llegó al mostrador, descubrió que había olvidado su billetera. Entonces, introdujo dos de los dedos de su mano derecha en su nariz y extrajo un pequeño moco.

–¿Qué me das por este moquito? –preguntó a quien atendía.

Pero ignoraron su propuesta. «Me discriminan porque soy muy chico», pensó Francisco.

En ese instante, vio a una de sus compañeras de clase. Ésta le preguntó si tenía ganas de jugar al truco. Él dijo que sí, pero que sólo mientras no llegara la profesora de Epistemología. De manera que se sentaron en la escalera y jugaron tres partidos. Francisco ganó todos 40 a 0. Después del tercer partido, ella se incorporó y dijo:

–Yo sé que vos hacés trampa, así que no te hagás el buen jugador porque te cago a palos.

Francisco levantó las cejas y, con cara de artesano que busca un lápiz debajo de un sofá importado de Alemania, prometió nueve cosas: que nunca más se haría el buen jugador frente a una dama; que no volvería a escuchar el tema Mujer amante de Rata Blanca; que, desde entonces, compraría Últimas Noticias todos los días; que jamás volvería a hablar mal de Gene Hackman; que dejaría de tomar cocaína los domingos; que iría a misa, siempre y cuando le permitieran dirigirse a Dios imitando la voz del pato Lucas; que conseguiría las Obras completas de José Enrique Rodó traducidas al polaco; que se haría hincha de Banfield; y que se presentaría a un casting para hacer de foca en una documental de Discovery.

Cuando terminó de enumerar sus promesas, su compañera ya se había esfumado. Entonces, Francisco se levantó y se encaminó hacia el baño. Al entrar, quedó inmóvil frente a la pared. Leyó una inscripción que rezaba: «¡Comunistas de mierda, fuera de Chechenia!». Más abajo, una respuesta anónima que decía: «¡Ignorante! Rusia dejó de ser comunista en la Segunda Guerra». Y otra más abajo: «¡Bolches y anarcos: dejen de rayar las paredes!». Francisco orinó, se lavó las manos y salió al corredor, donde Aldo Silva y Liv Tyler bailaban un vals de Chavela Vargas. Pero esto no llamó la atención de Francisco, quien dos días antes había visto, en el mismo lugar, a Gonzalo Aguirre y Paola Krum bailando un ska de Rancid.

–Suertudo el Aldo Silva, ¿eh? –le dijo de pronto un muchacho con una remera de Romina Yan.

Francisco no hizo caso al comentario y se alejó en dirección al salón.

La profesora ya había entrado. Francisco ingresó, pidió disculpas y tomó un manojo de hojas de escrito. En menos de media hora, escribió cerca de sesenta hojas. Entregó el trabajo a la profesora, que ya se había acostumbrado a la genialidad de aquel niño, y salió al corredor. Encendió un cigarrillo y, de pronto, se dio cuenta de que, en la página 94, había escrito «Bagdad» con minúscula. Lógicamente, se puso a llorar. Un profesor de Álgebra se acercó y le habló:

–Llorar no sirve de nada, amor mío. La vida es una carrera de galgos.

Francisco lo miró y escupió sobre su rostro.

–¡A mí nadie me habla así! –le gritó.

Y el humillado docente se retiró, murmurando algo sobre el analfabetismo en Guatemala.

Unos diez minutos más tarde, Francisco miró su reloj y sacó un cuaderno de su mochila. Con mirada abstraída, se inspiró y comenzó a escribir un poema:

En las noches de luna,

cuando el cielo es diamante,

me transformo en la tuna

que te pincha el semblante.

Y, aunque Dios es el surco

que ha dejado el destino,

nunca olvides que un turco

no es lo mismo que un chino.

Luego de componer el octavo verso, Francisco decidió irse a su casa. Al salir, se percató de que ya no caían soretes de punta sino de costado. Se cubrió con su paraguas y retornó a su hogar, donde su madre lo esperaba con un delicioso pastel de carne y un vaso de licuado de morrón. Comió el pastel, bebió el licuado y se echó sobre su cama. Durante unos cinco minutos, se dedicó a observar el techo de su dormitorio, en el cual descubrió una pequeña mancha de humedad que le hizo reflexionar sobre la posibilidad de emigrar a la Patagonia. No obstante, enseguida descartó la ocurrencia. Entonces, encendió la radio, sintonizó Galaxia y abrió uno de sus libros predilectos: El poder y la gloria, de Graham Greene. Quince minutos más tarde, lo había terminado. Entonces, tomó el Martín Fierro y lo leyó. Después, leyó los Versos sencillos de Martí, El origen de la familia de Engels, la Crónica de una muerte anunciada de García Márquez, el Antiguo Testamento y un diccionario de sinónimos. A las nueve de la noche, se durmió.

A la mañana siguiente, se fumó un porro mientras leía El Capital. Rió muchísimo, sobre todo al llegar a la parte en que el autor hace referencia a la visión de Adam Smith sobre el valor de cambio.

–¿Es gracioso ese alemán? –preguntó su madre.

Pero Francisco no respondió. Siguió leyendo, hasta terminar el tercer tomo. Entonces, tomó su mochila y salió a la calle, no sin antes darle un beso a su lagartito de peluche y cantar Raindrops keep falling on my head frente al espejo.

Cuando llegó al IPA, vio en la puerta a una muchacha disfrazada de Nostradamus que mascaba chicle de cereza. Era verdaderamente hermosa. Así que se aproximó a ella y le dijo:

–Hola. Sos muy linda. ¿Cómo te llamás?

–Daniela –respondió la muchacha, que en realidad se llamaba Gertrudis.

–¿Cuántos años tenés? –interrogó Francisco.

Pero la chica no contestó. Así que Francisco se alejó edificio adentro.

Gertrudis se quedó en la puerta de entrada, esperando a su novio Gastón. Ella estudiaba Idioma Español en el IPA y él estudiaba Ingeniería en la Universidad Católica. Ella tenía veintidós años y él tenía veintiséis. A ella le gustaba pescar y a él le gustaban las películas de Pino Solanas. Ella vivía con sus padres y él vivía de la recolección de frutos silvestres.

Cuando llegó Gastón, Gertrudis se sacudió la cabellera y le dio un beso en la frente. Él quiso besarla en la boca, pero ella se negó:

–Cada cosa a su momento. Recién llevamos once meses de noviazgo.

Gastón refunfuñó y se desabrochó la camisa.

La madre de Gertrudis estaba esperándolos.

–Sabía que vendrían más temprano –dijo.

–¿Y cómo sabías? –preguntó la muchacha.

–Intuición femenina –explicó la señora.

Gertrudis fue a su dormitorio, se sacó el disfraz de Nostradamus y se puso un equipo deportivo. Luego, volvió al comedor. Y los tres se sentaron a la mesa, con la firme intención de tomar mate amargo y charlar sobre las nuevas medidas del SUNCA y las primeras repercusiones de la versión chilena de El acorazado Potemkin. Pero, al final, sólo hablaron sobre las nuevas medidas de Valeria Mazza y las primeras repercusiones de la versión peruana de Bajos instintos.

Al día siguiente, Gertrudis amaneció engripada. Y tenía cerca de 45° de fiebre. No obstante, como buena estudiante que era, se levantó y marchó hacia el IPA. En el camino, se encontró con una de sus mejores amigas: Agustina Suárez. Se saludaron amistosamente.

–Me enteré –dijo Agustina– de que publicaste un ensayo sobre la influencia de Piaget en la narrativa española de posguerra.

–Sí –respondió Gertrudis–. Pero ningún crítico le puso más de dos estrellitas.

–Bueno, no importa –la consoló Agustina–. Ya el mundo escuchará tu clamor profético. Quedate tranquila.

Y se despidieron con un apretón de hombros.

Agustina era una muchacha normal. Había abandonado el liceo cuando estaba en cuarto año. Sus padres se habían divorciado cuando ella no era nacida. Su madre se fue de la casa, dejando a su ex marido solo en espera de la bebé. Cuando Agustina nació, su padre tuvo que echarse el mundo al hombro y jugar el papel de madre. Le dio de mamar hasta los cinco años. Fue entonces que hizo aparición una mujer que cambiaría la vida de la niña: Ramona. Ésta se casó con el papá de Agustina, convirtiéndose en íntima amiga de la pequeña. Pero, cuando Agustina tenía ocho años, Ramona murió decapitada por un gladiador romano en la esquina de Colonia y Germán Barbato. Este terrible suceso constituyó un duro golpe para Agustina, quien sufrió un prolongado trauma psicológico. Durante años, tuvo pesadillas en las que se le aparecía la imagen de Ramona siendo vilmente asesinada por Russell Crowe. Esta asociación irracional fue atribuida a dos factores: la depresión que atravesaba la niña y la permisividad del padre en lo referente al cine de Hollywood. Pero, finalmente, al llegar a la adolescencia, la niña logró superar las secuelas de aquella experiencia maldita.

Ahora, con veinte años de edad, Agustina se hallaba camino al videoclub. Su padre le había pedido La insoportable levedad del ser. Como no la encontró, alquiló una que creyó semejante: ¡Querida, encogí a los niños!.

Cuando llegó a su casa y mostró la película a su padre, éste se enfureció tanto que salió al jardín y arrancó de raíz un helecho que había sido plantado por su bisabuelo.

–¡Esto pasa por tu estupidez! –gritó– ¡Que no se repita o me la agarro con el aloe!

Agustina prefirió callar. Sabía que a su padre no le gustaba que la gente respondiera a sus sobresaltos. Además, tenía miedo de que, como cuando perdió la cédula de identidad, la obligara a comerse una sandía entera y tomarse medio litro de vino.

Así fue que Agustina optó por salir de pachanga, para distraerse un poco. Pero eran las tres de la tarde de un miércoles de agosto, por lo que no había mucha cosa para hacer. Entonces, decidió que simplemente daría un paseo por la zona.

Punta Gorda es un barrio hermoso. Siempre lo fue. Todos los jardines tienen un césped bien cuidado, y la suave brisa que llega desde la rambla hace que el peatón se sienta como si estuviera en Saigón el día de la retirada de los soldados yanquis. En fin, es maravilloso. Pero, ese día, tal hermosura había tomado forma de porquería: las calles estaban cubiertas de residuos pestilentes, las paredes y los techos de las casas habían adquirido un color grisáceo tirando a marrón, la brisa que llegaba desde la rambla hacía que los peatones se sintieran como si estuvieran en Nagasaki al día siguiente de la bomba atómica, y la gente estaba con una antipatía parecida a la de un vegetariano que hace cola en la carnicería.

De modo que Agustina bajó a la playa y se sentó sobre la arena, dispuesta a dejar volar su imaginación. Pensó en un futuro ideal. Se imaginó con cuarenta años de edad, casada con un magnate de la industria automotriz, yendo todos los sábados a cenar a lo de su amiga Marcela Tinayre, y ordenando su colección de quince mil discos de jazz. En determinado momento, se le borró esa imagen, apareciéndosele una mucho más probable y verosímil: con cuarenta años de edad pero con cutis de octogenaria, casada con un proxeneta frustrado, yendo todos los sábados a visitar a su hijo a la cárcel, y combatiendo en vano su colección de garrapatas.

Tenía la obligación de echarse a llorar. ¿Quién podría evadir la angustia ante tamaña premonición? Sacó un pañuelo de su bolsillo y se sonó. En ese instante, oyó una voz masculina a sus espaldas:

–¿Qué te pasa, flaca?

Agustina se volvió bruscamente. Era un hombre de unos treinta años, con cara de yonofuí. Traía puesto un collar hecho con arvejas y un brazalete con una inscripción en árabe arcaico. Agustina se refregó toscamente los ojos, avergonzada.

–Nada me pasa –dijo finalmente.

El hombre quedó mirándola, hasta que reintentó:

–Me llamo Octavio. Podés confiar en mí. No soy un pervertido.

Al terminar la oración, Octavio sonrió forzadamente, dejando ver así su diente de oro. Por un momento, Agustina pensó en cagarlo a trompadas y afanárselo, pero recapacitó a tiempo.

Sin rodeos, Agustina le aclaró:

–No me importa si sos un degenerado o no. Mis problemas son personales. Así que arrancá por la punta y no me vengas a chamuyar.

Octavio, boquiabierto, retrocedió lentamente y volvió a su casa de Rivera y Hernani.

Su hermano estaba esperándolo.

–¿Dónde carajo estabas, Octa? –le inquirió– Te estábamos achicando para arrancar a ensayar.

Octavio se disculpó y, no sin antes comer una mandarina, se sentó a la batería y empezó a probar el redoblante y los tones.

El ensayo terminó cerca de las ocho. Entonces, Octavio agarró la mochila y salió corriendo. Tenía que llegar en hora a Pedagogía. Él también era estudiante del IPA. Cursaba primer año de Química.

Cuando llegó, en la entrada se encontró con José Carlos Álvarez de Ron, quien dijo estar aguardando a Imanol Arias. Y Octavio se asombró:

–¿Imanol Arias estudia acá?

–Sí –respondió el periodista–. Estudia Social y Cívica.

Pero, si bien Octavio pensó en el placer que sería conocer personalmente al famoso actor, optó por ingresar al instituto y buscar a alguno de sus compañeros. Al entrar, vio a un tipo disfrazado de bombero. Más adelante, vio a varios tipos disfrazados de bomberos. Todos parecían venir del segundo piso. De modo que Octavio se encaminó hacia allí.

¡Y vaya sorpresa! En el pasillo del segundo piso, yacían los cuerpos de mil trescientos estudiantes.

–¿Pasó algo? –le preguntó a una chica que pasaba.

–No –contestó ella–. Sólo explotó una bomba.

–Ah... –suspiró Octavio.

De todas formas, prefirió irse. Como se habían suspendido las clases, se aseguró de que tenía unos morlacos y se dirigió al bar más próximo.

A trompada limpia salieron los dos veteranos. Octavio justo entraba y se ligó un bife. Se sentó en una mesa y dijo:

–Puta madre.

Cuando el mozo se acercó, le pidió una caña y una porción de pascualina. Mientras esperaba, sacó su agenda y anotó: «Viernes 22, Tabaré Cardozo en La Trastienda».

La caña, en realidad, tenía cierto gustito a querosén; y la pascualina sabía un poco a pastel de manzana. Pero Octavio no protestó. Y, mientras se limpiaba la boca con una servilleta, pensó en lo saludable de la gimnasia aeróbica y en cuánto le habría gustado conocer personalmente a Rosa Luxemburgo.


Javier Zubillaga
© 2002

A PUNTO DE DARLE UNA BOFETADA

­­ –No.

Si hubiera aceptado la invitación de Carolina, seguramente me habría arrepentido. Lo peor es que ella sabe que no me gusta el cine turco, mucho menos para mirarlo en una sala de cuarta. Y ella me miró como extrañada.

–¿Por qué me mirás así? –le pregunté.

Pero ella prefirió no responder, pues sabía que habría dado pie a una discusión que, seguramente, habría acabado en nuestra separación definitiva.

En lugar de ir al cine, nos quedamos en su casa. Mi suegra preparó unos deliciosos buñuelos de banana. Mientras los degustábamos, jugamos a la canasta: mi suegra y yo contra Carolina y su padre. Acordamos las reglas antes de comenzar y dimos por iniciada la velada lúdica. Pero algo que no valoré fue la desmedida extensión del juego que propuso e impuso toda la familia: que la partida fuera a un millón. Yo siempre había jugado a cinco mil o, como mucho, a diez mil. Sabido es lo largo que se hace un partido de canasta; pero yo no tuve la lucidez necesaria para percatarme de la exageración e impedirla.

Empezamos a jugar a eso de las seis de la tarde. Luego de tres horas, mi suegra y yo íbamos ganando 4.860 a 3.910.

Sobre la medianoche, Carolina y mi suegro nos habían pasado: 9.200 a 7.115. Debo señalar que, a esa altura, mi novia y yo habíamos empezado a insultarnos mutuamente: recuérdese que ella era uno de mis contrincantes. La raíz de la discusión fue que yo la acusé de hacer trampa; estaba seguro de haberla visto tomar más de dos cartas del mazo. Pero ella decía que no, que yo era un cagón y un mal perdedor. Entonces, le dije que todavía no estaba todo dicho, ya que faltaban más de 990.000 puntos. Mi suegra intervino, pero con delicadeza:

–Chiquilines... Si piensan estar así todo el partido, me voy a mirar CSI: Miami.

Cerca de las tres de la mañana, comenzó a vencerme el sueño. En determinado instante, cabeceé.

–¡No seas irrespetuoso y jugá! –gritó Carolina. Estuve a punto de darle una bofetada, pero me acordé de la Guerra de Vietnam y arrugué.

A regañadientes, regresé al juego. ¡Puta madre: íbamos perdiendo 15.195 a 12.840! No me preocupaba que fuéramos perdiendo, sino que aún quedara más del 98% del partido por jugar.

–Está largo esto, ¿no? –comenté sutilmente. Pero nadie respondió. Mi suegro acababa de robar un pozo bastante grueso.

A las cuatro y media, le propuse a mi compañera de equipo:

–¿Qué le parece, suegra, si nos damos por vencidos?

Pero ella me contestó rotundamente:

–No. En el peor de los casos, moriremos peleando.

A las cinco, Carolina se levantó y encendió la radio. En Alfa estaban pasando un tema de Chris Isaak.

–¡Dejá ahí! – pidió mi suegra. Yo me preocupé aun más: si prendía la radio, realmente pretendía seguir con el juego. Pretendían los tres. Nadie daba señales de cansancio.

Enseguida, pasó un ángel. Yo quedé mirándolo, como pidiéndole ayuda, como diciendo: «Quédese y sáqueme de ésta». Pero era un ángel de ceño fruncido, de esos que están esperando el momento indicado para armar las valijas y pedirle permiso a Lucifer para instalarse en su casa hasta que consigan un laburo decente. Por eso, la figura del querubín no hizo más que desvanecerse en un rincón de la sala.

De pronto, noté que estaba amaneciendo. Un delgado hilo de luz se colaba por entre las rendijas de la persiana.

–¡Abran esa ventana! –exclamó Carolina.

Mi suegra, entonces, se levantó con la intención de satisfacer el deseo de su hija. Pero se tropezó con el puf y cayó de boca sobre una máquina de coser que estaba apoyada sobre una silla. Quizás porque yo ya estaba desquiciado con la estúpida eternidad de aquella partida, experimenté cierta alegría morbosa al ver caer a la vieja. Mi suegro la asistió, pero Caro y yo sólo nos quedamos mirándola, casi como diciendo: «El tiempo pasa: nos vamos poniendo viejos; el amor no lo reflejo como ayer. Y, en cada conversación, cada beso, cada abrazo, se impone siempre un pedazo de razón». Mi suegra se había lastimado el labio inferior, que sangraba obstinadamente. Agobiado, bajé la cabeza y recordé aquellos remotos tiempos en que Natalia Oreiro y yo íbamos a acampar a Punta del Diablo y cantábamos canciones de Sergio Dalma alrededor de una fogata para después hacer el amor tres o cuatro veces sobre la arena y un par de veces sobre el sofá-cama que habíamos llevado.

A los pocos minutos, regresó mi suegra. Se había curado la herida con aguarrás y cola vinílica. Antes de retomar el juego, tomé su mano y le dije:

–Querida suegra, me preocupa su estado físico. ¿Por qué no va a acostarse y descansa? Guardamos las anotaciones y, si quiere, seguimos el juego otro día.

Pero la veterana se enfureció:

–¡Atorrante! ¡¿Quién te creés que sos para juzgar mi cuerpo?! ¡Aunque no lo creas, yo todavía corro 80 kilómetros por día y tengo más relaciones sexuales que David Duchovny! ¡Así que no vengas a decirme a mí que estás preocupado por mí estado físico! ¡La próxima vez, te echo de mi casa!

Analicé durante unos segundos la reacción de aquella vieja y llegué a la conclusión de que era la salvación. Si yo volvía a expresarle mi preocupación, ella me expulsaría de su casa, con lo cual mi participación en aquel partido de mierda se daría por finalizada. Y, a esa altura, no me importaba quedar pegado con mis suegros; ni siquiera me importaba la posible reacción de Carolina. Así que me acerqué a la señora y le dije:

–En serio, suegra. Está hecha pelota. No quiero ofenderla, pero me preocupa que tenga esa cara de rata esquizofrénica. Y yo quiero lo mejor para usted. Dele. Váyase a dormir, que ésta ha sido una noche larga.

Entonces, mi suegra se levantó, caminó hacia la cocina, regresó con un refuerzo de lentejas, se ubicó en su asiento, le dio un mordisco al emparedado, tragó, se rascó una teta, tiró el refuerzo al piso, volvió a levantarse, dijo que muy pronto retornaría el poder a los soviets, bailó un poco de rumba sobre la alfombra, aseguró que Descartes era gay, salió al patio trasero, regresó con un collar de perlas en el cuello, le pidió fuego a su marido, se prendió un porro, le dio un par de pitadas, lo apagó, volvió a ubicarse en su asiento, se llevó un dedo a las fosas nasales, extrajo una pequeña esfera verde, la pegó en el respaldo de la silla, eructó, soltó una prolongada flatulencia, la festejó, comentó algo sobre el papel de Meg Ryan en Tienes un e-mail, apoyó los codos sobre la mesa, me miró y me dijo:

–Te vas de mi casa.

Eran las seis de la mañana. Me levanté, le encajé un chupón a Carolina y me retiré tarareando un corrido mexicano.


Javier Zubillaga © 2002